El principito
Cuando pienso en lo mayor que me voy haciendo (ya me acerco peligrosamente a los ¡50!) y veo a mis hijas correr y montar en bici, jugar en sus horas libres e ilusionarse ante cosas que descubren por primera vez, no puedo evitar recordar cuando era niño y leía El principito, que no entendía muy bien, pero que me parecía verdaderamente raro y fascinante. De alguna manera, en mi infancia, El principito se asemejaba al sinsentido (en el buen sentido) de la vida, al mundo que estaba ahí afuera y que yo iría descubriendo a medida que iría creciendo. Sin embargo, fueron pasando los años, y cuando lo he leído ya de adulto (un par de veces por lo menos), he descubierto la profundidad que hay tras sus capas, aunque siempre he querido leerlo con esa inocencia y extrañamiento de cuando era apenas un niño de 9 o 10 años. De alguna manera, supongo que quiero volver a la mirada del niño que fui.

El principito es una obra llena de poesía, pero también repleta de toques de atención a los adultos, para decirnos que no nos dejemos llevar por las apariencias, por el materialismo de la vida, y sobre todo, que nos sigamos sorprendiendo por la vida.
Desde entonces, desde que era niño, intento tener presente algunos de los capítulos y escenas de la novela de Antoine de Saint-Exupéry. En estos tiempos que corren, donde todo (o casi todo) es rápido y breve, leer un libro como El principio es una manera de celebrar la vida (en el buen sentido).