derivas

La vida día a día

Me gustaría hablar de tres películas que vi hace un par de años y me llamaron mucho la atención, pues muestran algo que no es fácil en el cine: el sentido de la vida desde el día a día. Se trata de Perfect Days, dirigida por Wim Wenders (2023); Drive My Car (2021) y El mal no existe (2023), dirigidas por Ryusuke Hamaguchi. Creo que las tres, siendo muy diferentes, tienen algo en común: la idea de que la vida tiene sentido por sí misma, que está para vivirla, con sus problemas y sus incertidumbres.

No me parece una casualidad que se trate de tres filmes japoneses. Perfect Days (dirigida por el alemán Wim Wenders), es una película que transcurre en Tokio, que tiene una narración tranquila y sutil (al estilo de Kashujiro Ozu), y que por momentos, parece hilar diferentes haikus visuales que hablan de la luz de la mañana, del viento rozando los árboles en el parque o de la serenidad que se siente al regar un bonsái. Por supuesto, la película tiene otras tramas y otras derivas, pero en esencia -o al menos a mí me dejó ese poso-, habla de cómo se puede renacer o sobrevivir agradeciendo estar vivo e intentando estar en consonancia con los pequeños momentos del día a día (algo, por cierto, harto complejo en estos tiempos llenos de velocidad y ansiedad constante). La vida contemplativa puede convertirse en motor de vida.

Perfect Days

Drive My Car me sorprendió por su narración un tanto almodovariana, que cuenta una historia A pero sugiere una B (o incluso una C), un poco al estilo de la teoría del iceberg de Ernest Hemingway (glosada posteriormente por Ricardo Piglia en Formas breves) y que se puede apreciar en relatos del propio Hemingway o Truman Capote. Es una historia, por tanto, con varias capas. Sin embargo, en la confluencia de esas capas o historias, surge la vida del día a día. Lo paradójico es que el día a día puede convertirse en un vacío, pero también de ahí puede surgir la superviviencia, la superación de un pasado doloroso. Y brotar de nuevo la vida.

Drive My Car

La siguiente película de Hamaguchi, El mal no existe, tiene una narración que de nuevo podría encajar en la teoría del iceberg, si bien es un poco más críptica que la anterior y además tiene una lectura política que no se veía en Drive My Car. En El mal no existe, que tiene mucho de contemplativa (y en esto se parece más a Perfect Days), donde la luz, los paseos por el bosque o acciones cotidianas como cortar leña o comer unos fideos, pueden percibirse como un agradecimiento a la naturaleza, algo que también es una ética de vida (que por cierto, me recuerda un poco a Henry David Thoreau, no todo va a ser japonés). Pero la vida tranquila puede verse alterada, de repente, por fuerzas incontrolables (el capitalismo, por ejemplo, pero también la propia naturaleza). Como decía, esta película tiene una lectura ecopolítica y un final un tanto desconcertante, pero eso, amigos y amigas, es otra historia. Me quedo con los pequeños momentos de contemplación, con los planos-secuencia que muestran la belleza de la naturaleza: el agua, la luz, los árboles y la montaña.

El mal no existe

Podría hablar también de algunas de las últimas películas del surcoreano Hong Sang-soo, que son bucles de luz y sombras y también hablan de manera más o menos tranquila del día a día de la vida. Pero tal vez en otro momento. Lo que me importa de estas tres películas japonesas, teniendo en cuenta el hilo sutil que las une, es que que todas hablan de dolor y de resiliencia, del (sin)sentido de la vida y de cómo el día a día puede contribuir, precisamente, a dar sentido a la idea de seguir viviendo.

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