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Mudanzas

Otra vez estoy de mudanza. No sé cuántas llevo ya, pero son demasiadas... O no, tal vez son las necesarias, porque no me he mudado nunca por capricho. Aun así, no me gustan las mudanzas.

Las mudanzas suponen un pico de estrés considerable. Hoy me decía una compañera de trabajo que es uno de los momentos que se consideran más estresantes en la vida. Primeramente, hay que considerar el hecho de contratar una empresa de mudanzas; después de ver cómo embalan tus cosas, sin tener la certeza de que estarán bien resguardadas y no se romperán o perderán. Lo que viene más tarde es tal vez la peor parte, ver cómo deambulan delante de ti unos desconocidos que descargan cajas, muebles y enseres de un camión para dejarlas apiladas en medio de tu salón, cocina o dormitorios. Y por último, se trata de abrir esas cajas llenas de cosas tuyas, desembalar, ordenar, limpiar, etc. También puede haber pequeñas reformas, retoques para condicionar la casa hasta que se convierta en un hogar. Un proceso que parece no tiene fin. Y al tiempo, semanas o meses después, la casa estará habitada sin cajas de por medio ni cosas que recoger o arreglar. Ese momento esperado, llegará, pero mientras tanto, se trata de vivir la mudanza con cierto temple, dosificando y sabiendo que esa montaña de cajas irá disminuyendo poco a poco cada día. Las mudanzas son incómodas, estresantes, pero también son una oportunidad para el cambio. Y ahí está la clave. Uno espera que el cambio siempre sea a mejor, y por tanto, esas incómodas cajas tienen cierto sentido. Las cajas son una parte de mí, una proyección de mi pasado, de mis vivencias, pero también suponen una parte de lastre, así como un proyecto de mis deseos. ¿Será esta mi última mudanza o habrá más cambios? No tengo una bola de cristal, pero de momento, me dispongo a abrir cajas, desembalar, ordenar y limpiar...